La última vez que la vi por poco pierdo los ojos que deseaban seguirla. La última vez que la sentí creo que morí sobre su hombro, y quizá sigo allí esperando al tercer día y si no al cuarto al quinto al que sea para estrellar su vida otra vez contra la mía, que creía muerta pues me pareció escuchar ello.
Las últimas veces nadie las guarda en la memoria pues tienen un lugar secreto y afelpado en el corazón algo así como un hoyo de gusano a otro color, o como que nadie se aventura a escribir el punto al final porque no es eso, o sea es creíble que falta mucho para acabar o eso queremos creer, por eso seguimos escribiendo aquello que a nuestra lengua le jode pero a nosotros no. Como que para seguir viviendo hay que torear al dolor, o a veces hay que ser triste para seguir el ritmo a la noche. Si esta vez se guardara en la memoria significaría que volvimos a la normalidad, y no quiero que sea así.
martes 28 de abril de 2009
martes 14 de abril de 2009
Por terminar
Se me ocurre tararear, no sé muy bien la letra. La canción es el día, por eso tarareo, se entiende?
Leía en el suelo "Los males de otoño", pero otoño suena tan bien que resulta una injuria esa frase. Otoño es una arco extendido en el clima, o sea una línea finita. En otoño las caídas son pretextos válidos, es cuestión de cada uno. Otoño es un vestíbulo hacia lo incierto, es la paz entre el punto y la coma, es cuando enfermar está bien, es esa inhalación que entibia el alma... se me ocurre tararear otra vez, es fácil cuando no te sabes la letra. En otoño es "aquello" una vez, luego dos veces... (luego sigo)
Leía en el suelo "Los males de otoño", pero otoño suena tan bien que resulta una injuria esa frase. Otoño es una arco extendido en el clima, o sea una línea finita. En otoño las caídas son pretextos válidos, es cuestión de cada uno. Otoño es un vestíbulo hacia lo incierto, es la paz entre el punto y la coma, es cuando enfermar está bien, es esa inhalación que entibia el alma... se me ocurre tararear otra vez, es fácil cuando no te sabes la letra. En otoño es "aquello" una vez, luego dos veces... (luego sigo)
lunes 6 de abril de 2009
Faltó color
Revisaba unas fotos por primera vez. Antiguas, grises, jumbos, en ninguna se me ve pero los Valero sí están allí. Mi papá y su familia, es decir mis abuelos y tíos, sonreían, jugaban y muecas, muecas tras muecas cuando eran niños, creaban en mi pecho un hacinamiento de sentimientos tristes sobre sus caritas tarmeñas. Ello ha sido hace un momento, y papá descansa en su cama –a veces me detengo a observar su rostro triste cuando sueña ¿Qué será?- y mamá me pide sacar la basura con esa voz que escucho hasta en sueños o cuando quiero llorar.
Hice lo que tenía que hacer con la basura. Hace más frío en mi pecho que en la calle. Mi garganta pierde profundidad, tengo arcadas. El rol de las fotografías no es rescatar una sonrisa por un domingo que casi acaba sino crear nostalgias y ellas, sólo conducen a un ensimismamiento, un dolor universal que no tiene nada de filántropo. Una fotografía te cuenta lo miserable que es llegar a cierta edad, aquellas en la que le perdiste el respeto a dios, una fotografía en tus manos es un estigma, es un mala pasada, es un mundo al que no puedes regresar.
Es extraño. Al hacer uso eficaz de la razón se tiene presente lo inútil que es vivir en el pasado, pero las sensaciones por lo general dominan el cuerpo de cualquier individuo por lo que sentirse, sea cual sea la sensación, es común hasta para el ego más grande. Papá sonreía y exhibía su rostro nervioso, y aunque mamá diga que no nos parecemos mucho, me da la sensación que podría ser yo sino fuera papá. Él con sus hermanos -con los cuales no llevo una relación de comparitos ni nada de ello- me inspiran ternura, envidia, lo cual es nocivo para mi romanticismo digital. En realidad ¿así vivían? Pues las fotografías mienten con más sutileza que las palabras, me es imposible creer que aquella familia que vive en esas imágenes es la que llegué a frecuentar sin comprender nada más allá de por qué decidieron vivir juntos hasta hoy.
Fotos con bordes de sierra. Algunas unidas con cinta scotch. Amarillas. Empolvadas. Tan vivas que puedo imaginar lo que sucedió después del “Güisqui”. En Tarma no hay cielo, hay un techo celeste. En Tarma correteaban detrás de los cuys. En Tarma el papi Alejandro jugaba fútbol con su camiseta del Municipal. Él ya murió, hace un par de años. La mami Olga igual. Sus hijos que sonreían a veces calatitos en las fotos, hoy trabajan, se hacen viejos como mi papá.
Muchas fotos que me hacen estornudar. Fotos que me atoran el pecho. Fotos que en formato digital no me sorprenderían. Fotos en fin. Hay una en la que papá, imagino con poco más de un año de edad, posa junto al papi Alejandro, mi abuelo. Él inocente, él feliz. Esa voz que me sorprende en sueños me dice que por mucho tiempo la llevó consigo, por ello las líneas que la atraviesan, estrujada, y pienso que nunca en mi bolsillo, nunca la billetera que ya no uso, cargó una foto con ellos, o sea mi pa y mi ma, y esto sólo me produce más arcadas. Hace mucho no reviso mi álbum de fotos.
La vida funciona a un ritmo al que no me puedo acostumbrar. No puedo creer que pronto cumpliré 21 años ni que mis padres se hagan viejos ni que mis hermanos crezcan de una manera que desconozco. Es otra vez extraño. Es aún más raro que las personas me rodeen y que al lado de sus sombras carguen un bolsillo o una billetera llena de historia, creía que sólo era la mía, que si este es mi sueño sólo yo tengo derecho a una, mi historia es la que importa. Qué imbécil soy.
Con adrenalina. Con los dedos un tiempo más gastados después que mis ojos relean estas líneas, me arrepiento de haber ojeado esas fotografías. Sólo me queda el consuelo que hay otro tiempo en el que mi papá aún contempla Tarma con sus ojos de 20 años en el que el papi Alejandro aún carajea y en el que yo no existo. Y vale decir que es la primera vez que hablo de papá y mamá en unas líneas.
Hice lo que tenía que hacer con la basura. Hace más frío en mi pecho que en la calle. Mi garganta pierde profundidad, tengo arcadas. El rol de las fotografías no es rescatar una sonrisa por un domingo que casi acaba sino crear nostalgias y ellas, sólo conducen a un ensimismamiento, un dolor universal que no tiene nada de filántropo. Una fotografía te cuenta lo miserable que es llegar a cierta edad, aquellas en la que le perdiste el respeto a dios, una fotografía en tus manos es un estigma, es un mala pasada, es un mundo al que no puedes regresar.
Es extraño. Al hacer uso eficaz de la razón se tiene presente lo inútil que es vivir en el pasado, pero las sensaciones por lo general dominan el cuerpo de cualquier individuo por lo que sentirse, sea cual sea la sensación, es común hasta para el ego más grande. Papá sonreía y exhibía su rostro nervioso, y aunque mamá diga que no nos parecemos mucho, me da la sensación que podría ser yo sino fuera papá. Él con sus hermanos -con los cuales no llevo una relación de comparitos ni nada de ello- me inspiran ternura, envidia, lo cual es nocivo para mi romanticismo digital. En realidad ¿así vivían? Pues las fotografías mienten con más sutileza que las palabras, me es imposible creer que aquella familia que vive en esas imágenes es la que llegué a frecuentar sin comprender nada más allá de por qué decidieron vivir juntos hasta hoy.
Fotos con bordes de sierra. Algunas unidas con cinta scotch. Amarillas. Empolvadas. Tan vivas que puedo imaginar lo que sucedió después del “Güisqui”. En Tarma no hay cielo, hay un techo celeste. En Tarma correteaban detrás de los cuys. En Tarma el papi Alejandro jugaba fútbol con su camiseta del Municipal. Él ya murió, hace un par de años. La mami Olga igual. Sus hijos que sonreían a veces calatitos en las fotos, hoy trabajan, se hacen viejos como mi papá.
Muchas fotos que me hacen estornudar. Fotos que me atoran el pecho. Fotos que en formato digital no me sorprenderían. Fotos en fin. Hay una en la que papá, imagino con poco más de un año de edad, posa junto al papi Alejandro, mi abuelo. Él inocente, él feliz. Esa voz que me sorprende en sueños me dice que por mucho tiempo la llevó consigo, por ello las líneas que la atraviesan, estrujada, y pienso que nunca en mi bolsillo, nunca la billetera que ya no uso, cargó una foto con ellos, o sea mi pa y mi ma, y esto sólo me produce más arcadas. Hace mucho no reviso mi álbum de fotos.
La vida funciona a un ritmo al que no me puedo acostumbrar. No puedo creer que pronto cumpliré 21 años ni que mis padres se hagan viejos ni que mis hermanos crezcan de una manera que desconozco. Es otra vez extraño. Es aún más raro que las personas me rodeen y que al lado de sus sombras carguen un bolsillo o una billetera llena de historia, creía que sólo era la mía, que si este es mi sueño sólo yo tengo derecho a una, mi historia es la que importa. Qué imbécil soy.
Con adrenalina. Con los dedos un tiempo más gastados después que mis ojos relean estas líneas, me arrepiento de haber ojeado esas fotografías. Sólo me queda el consuelo que hay otro tiempo en el que mi papá aún contempla Tarma con sus ojos de 20 años en el que el papi Alejandro aún carajea y en el que yo no existo. Y vale decir que es la primera vez que hablo de papá y mamá en unas líneas.
lunes 23 de marzo de 2009
Hola
“Hola” escribe, y miro la imagen de su display, “sigue igual de posera”, pienso. Me envía un zumbido pero aún así no contesto, mis ganas de teclear son las que ella tiene por la ortografía. “Moyesa”, me dice, y recuerdo los potes de moyesa, de tomasa y de kichu al final del counter en el que pasaba ocho horas diarias manipulando una caja y vendiendo una sonrisa. “Señorita, qué tal?” contesto con el desinterés disfrazado en un emoticon, “¿seguirá igual de puta?”, pienso alzando los ojos. “Alli ps; enter; tu como stas”; “Se podría decir que bien, pero (emoticon) no sé; enter; a ti qué tal te va?”. Contesta en cursiva y en rosa, con ese lenguaje de abreviaturas que a veces hacen ininteligible lo que dice. Cambia de imagen pero es como si fuera la misma, similar ángulo, picado; similar plano, medio; mismo rostro, “ahora usará de contacto?”. Hablar con ella siempre me resultó aburrido y apuesto a que era recíproco, por tal continuar una conversación por el Messenger era una hazaña que no estaba dispuesto a efectuar. Pregunta – respuesta, nada de comentarios, un jajaja brincando, un smiley retorciéndose de risa en el espacio, ninguna sustancia, como cuando paseaba mis manos por su vientre, sólo quería tirar, nada más, ¿estar? Ella no hubiera aceptado, ella era eso que no estoy dispuesto a repetir en el texto.
Responde mis preguntas forzadas, “seguirá con el mismo pata?”, sí, que le iba bien en el banco, que compró su entrada para el concierto de Andrea Boccelli, que sí, sí, sí, y dejé de preguntar ¿Por qué no me la llegué a tirar? No sé, era tan huevón entonces, algo de miedo quizá, pero sí, me calentaba, cómo me apachurraba, cómo disfrutaba de su cuello, de su rostro, de su vientre, su vientre, era una calentadora “seguirá igual?”. Dejé de preguntar y al rato cambié de estado a No Conectado hasta que ella cerrara su cuenta, o al menos lo aparentara. En fin, nos seguiremos cruzando, ella con sus nicks estúpidos dignos de su cerebrito escuchando esas tonterías pop que tanto me joden, y yo creyéndome la gran vaina, y pasará un buen tiempo hasta que ella vuelva a decir Moyesa y repetiremos el mismo proceso.
domingo 15 de marzo de 2009
Revisión
Esos ruiditos alimentan la parte inferior del monitor, de color naranja parpadean y luego se quedan quietos como muertos cansados de esperar que se les atienda, tu estado es ausente. Tú lees la columna de Álvarez Rodrich en La República y te percatas que te es imposible leer tus costillas y que olvidaste el nombre del columnista de Perú21 que farfulló sobre la izquierda de hoy. Tu estado es ausente y sólo 9 conectados te acompañan de lo cuales dos te hablan lanzándote timbres naranjas y a ti no te interesa contestarles, sin embargo tu Messenger continúa abierto y no tienes la menor intención de cerrarlo pues esos 9 estados que ahora son 10 y ya son 11 te rescatan del dado en el que despertaste con hambre, con sed y con la puerta garabateada con alguna firma. Tú escuchas a Luis Eduardo Aute y relees un post de Tu Vida es Puro Teatro y te das cuenta que el poeta no deja de ser humano y que también te has enamorado de Blanca Varela como lo hiciste de César Vallejo y de Javier Heraud porque escribieron lo que a ti se te habría ocurrido si ellos no lo hubiesen escrito antes que tú, y que el acuerdo comercial con Chile es una mierda y que acabó la canción de Aute y escuchas un ¡Carajo! de Flor de Retama.
Son 5 conectados, 3 ausentes y 2 no disponibles. Te das cuenta que algunos son amigos con los que no parlas hace ya mucho tiempo, que ya casi son las dos de la tarde y que aún no almuerzas. Te percatas que algunas canciones de Pablo Milanés te aburren y que el desencanto y la luz son parte del descubrimiento de tu vida, y con horror descubres que podrías morir sin entender todo lo que quisieras. Ahora ingresas al blog de Eloy Jáuregui en el que busca una ruca y te excita su historia de hospital y no se te ocurre que pueda ser falsa, luego visitas su otro blog y lees el texto por la muerte de Guillermo Thorndike -un chucha- y comentas por comentar porque quieres que tu nombre aparezca allí. Te lees El Comercio, La República, Perú21, Correo y La Primera, o bueno lees a sus columnistas y aún no puedes leer tus costillas ni la muerte que se pasea por tu habitación y tú ingenuamente asientes, es el aburrimiento… Ya pasó un día desde estas palabras, acabas de leer el último Pandemonio de Beto Ortiz y lo odias y más aún a Andrés Edery y más a ti por esas razones que no vomitas en ningún lado, guárdate el writeo hasta la siguiente.
Son 5 conectados, 3 ausentes y 2 no disponibles. Te das cuenta que algunos son amigos con los que no parlas hace ya mucho tiempo, que ya casi son las dos de la tarde y que aún no almuerzas. Te percatas que algunas canciones de Pablo Milanés te aburren y que el desencanto y la luz son parte del descubrimiento de tu vida, y con horror descubres que podrías morir sin entender todo lo que quisieras. Ahora ingresas al blog de Eloy Jáuregui en el que busca una ruca y te excita su historia de hospital y no se te ocurre que pueda ser falsa, luego visitas su otro blog y lees el texto por la muerte de Guillermo Thorndike -un chucha- y comentas por comentar porque quieres que tu nombre aparezca allí. Te lees El Comercio, La República, Perú21, Correo y La Primera, o bueno lees a sus columnistas y aún no puedes leer tus costillas ni la muerte que se pasea por tu habitación y tú ingenuamente asientes, es el aburrimiento… Ya pasó un día desde estas palabras, acabas de leer el último Pandemonio de Beto Ortiz y lo odias y más aún a Andrés Edery y más a ti por esas razones que no vomitas en ningún lado, guárdate el writeo hasta la siguiente.
domingo 22 de febrero de 2009
Al mediodía
¿Escuchas? El mediodía silba una carcajada que se va cerrando hasta alcanzar los átomos ¿Escuchaste? Yo no tengo oídos, se me cayeron junto a una canción de Fernando Delgadillo pero sí escuché, sí lo hice, desde mis dedos que parecen consumidos por la Sustancia X, escuché ese llanto que ronda la burla ¿Sabes de qué ríe? Creo que no… No de qué sino de quién lo hace, pues una cosa sólo es cuestión de gracia y de gracias por tu inercia, un quién si es causal de juicio para enterrar y desenterrar el yerro de estar en algún lugar cuadrado entre ciertas ropas y esos demagogos sentimientos. Por eso se burla de alguien que ya va adoptando forma como ese líquido glauco que resulta gelatina, o ese jaque que resultó “¿a qué hora te busco mañana?”. O sea, el mediodía en comunión con el universo se ríe de alguien quizá de carbón, quizá de exoesqueleto, quizá de mí o de ti o de todos los que suelen retar a las estrellas a hacerse más oscuras ¿Te has percatado que a ciertas horas la caída parece más infinita y dolorosa? Como una hache. Ese es el tiempo del cenit en que se ahogan las sombras con sus fósiles sangres, desde adentro. El sol apunta sus rayos a tus sueños y los recaliente hasta la extinción, eso es una mofa sin libelo de por medio. Más que directa, más que cruel. El mediodía es una mierda que aún sin desfilar embarra la planta de los zapatos, y sólo nos da el disgusto de escuchar su sarcasmo inútil debido a que nadie escucha, a las personas no les agrada escuchar, menos si es algo repelente ¿Escuchas? ¿Entiendes? Lo que ocurre es que me entretuve en un coloquio con el mediodía a partir de ese berrido que se cerró ahora como un embudo, en una alharaca de resurrección y luego dijo fin en un átomo cabezón. Hablamos de ti aunque me repugne su presencia, y que lo odie inventando un garfio a la o. Mediodía.... Que no escuchaste porque no es de tu incumbencia la felicidad de los demás, ello planteé. Y entre toda esa cháchara de minutos con quinquenios en la piel, le entendí que no escuchaste, quizá, porque es mejor ver. Y ahora que lo pienso, por algo no estoy ciego, sí, sería mejor ver. Es decir, verte de una vez.
martes 17 de febrero de 2009
Pasaba por aquí
Intentaré explotar. Hacerme una salamandra. Una tea de papel de poeta con cara de aspa. Intentaré perderme en la noche cuando el eclipse cae de bruces en tu pecho, por esquinas arqueadas por ángeles y tragos baratos. Perderme como un nido en la ciudad. Perderme porque así lo quiero en estas circunstancias en que el eclipse besa tu piel y tú crees que es el viento. En la esquina que se abre de par en par como una señorita de cuatro letras, ingresar con los huesos vacíos para intentar un vuelo. Ya dentro, perdido en la oscuridad de el fulgor más crujiente, olvidar que una fantasía menea tus cabellos, imprime un sabor gélido en tus labios y te sopla al oído un aliento espiralado, olvidar que estás esperando un no sé qué, olvidar por perderme en este cauce que te es imposible ver. Estás en tu espacio acariciando un recuerdo en la punta en que convergen tus ojos, sonríes de mala gana y a veces lloras de tristeza, siendo lo normal quebrarse por un arco iris o por una canción subtitulada. Tú estás allí cada vez pensando menos en mí, y yo también lo estoy haciendo, es que dominas el incendio demasiado lejos y yo escribo ahora ciertos sonetos que de endecasílabos sólo tienen la hora en que me conecto. Estoy casi volando, rozo con mis pestañas el techo, es que observo con atención cómo corre el mundo en una ambigua dirección, y el tiempo también observa, las personas crecen y caen a sus casas, los enamorados van de la mano y me causan gracia. Tú no lo estás haciendo. Estás en tu espacio de cartón y leguleyos versos acordándote de mí quizá como un jilguero, quizá como una piedrecita que flota hacia tus ojos, quizá en un trampolín al revés, quizá ni te acuerdas de mí, por eso me escondo bajo las pistas de canciones de bardos que al igual que yo, alguna vez, sintieron a su poesía desembocar en un hueco. Un grandilocuente hueco. Pero está bien. Yo dije que todo estará bien. Está bien hagamos poesía, tú por tu espacio y yo sobre este ángulo jorobado.
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