Nunca creí que estar solo fuera tan fácil. El mundo encerrado en la tv, luego en los libros, me predicó que como seres humanos estamos destinados a encontrar la felicidad, quizá el amor. No siento nada de ello, el mundo se burló de mí. Quizá por lo que en ciertos momentos me entrego a la onicofagia y a la misantropía. Se mofó de mi forma de andar, de pensar, de creer en la noche cuando ella no cree en mí. Me siento como esa piedra condenada a la erosión, me siento al revés, como una ese que serpentea en una infinita caída. Estoy solo y no sé cómo estúpidamente creí que ello era bueno. Hoy me contrae el pecho a la tetilla izquierda, hoy los días me saben a café frío y las noches a algodón embarrado de mierda. Estoy tan solo que me cuesta creerlo. La soledad se manifiesta en un cubo enfermo que no deja de crecer y yo al centro. El punto oscuro cuasi imperceptible. El detalle que la lontananza no quiso ver.
Muy seguido salgo a sentirme más solo. Tropiezo con postes, serpentinas, chapitas, piolines, silvestres, veintiunos de abriles, tropiezo con todo como si la torpeza fuese mi carta de presentación, el rostro del prejuicio a mi persona. Estoy solo y me jode estarlo. El hombre es gregario por naturaleza, el hombre es un animal de costumbres, pero ya no me puedo acostumbrar a estar así. Ya no quiero zozobrar en mi vida. No quiero fluir si no es en un río. Esto de la soledad me harta. Por eso creé este nuevo espacio, para simplemente soltar palabras con la poca poesía que me queda después de las penas. ¡Ay el dolor! Si hay tanto dolor en el mundo como dijo aquel bardo de oraciones dignas de un laberinto, ¿por qué me tuvo que tocar una cuota tan alta? Yo soy humilde, no pido mucho, casi nunca pido nada. Y sé que sentirse el dolor universal es demasiado egocéntrico, rebalsa los márgenes de la tolerancia, pero me siento así, me siento como se me da la gana. Sólo que nunca creí estar tan solo, sin amigos, sin nadie, sin los fantasmas, sin las naves espaciales. Cómo quisiera despertar un día y descubrir que soy un extraterrestre, quizá ese día todo cobre sentido, quizá entienda que esa era la razón de mi aislamiento.
Nadie vino a escuchar. Nadie llegó. Estar solo bajo la luz de la noche es ser una pulga que brinca en movimientos brownoideos, es pensar en aquella pieza que siempre faltó al rompecabezas de mil piedras, es ahogarse en un reloj de arena u oscilar en el reloj de péndola. Si fuera un suspiro podría bullir en un parpadeo, así no tendría nada que extrañar. No tendría por qué remolonear en la cobardía como si mis brazos fuesen la chacra que no restaña.
Estoy tan solo, aunque Arjona no esté realmente tan solo. Y ya hablo tonterías. Y cómo es ¿no? Ahora alguien me dice que no me engulla a mí mismo en pensamientos tan deprimientes. Quizá es un amigo, quizá es un fulero que se regocija con mis canas. Lo que no sabe es que esto es en ciertos pantalones. Todo irá bien después, supongo. Todo estará bien. Tengo que creermelo
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