domingo, 15 de febrero de 2009

Un día de sol

No mamá, no quiero salir. No mamá, no quiero. No quiero mamá ¿Entiendes que por algo la boca modula un n-o? Mamá el calor arrecia. Mamá el calor no me favorece. El sudor apesta mamá. No mamá, no quiero salir. No es que me aburra con todos, bueno, en cierta parte sí, pero ahora no. No me siento bien ¿Entiendes esto de b-i-en, no? Bien mamá. Sí, eso. Gracias. Adiós. Cuidado con el sol.

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Las veredas hierven y lanzan a flote unas náuseas de padre y señor mío. Las veredas crujen como los huesos de un ujier al timbre insonoro del break, y lo hacen al isócrono bajo la planta de las Converse negras, no tan negras luego de tantas uñas y dos eneros. Caminar por la vereda fuera de la sombra, hoy, hace unas horas, es ingresar a un termo con la corbata bien puesta. Qué calor. “El Chino” dijo que hervíamos. Yo digo que nos hemos acostumbrado al frío. Y aquí en unos meses cuando las raspadillas se vendan de un solo sabor, diré que nos habíamos acostumbrado al calor, como algunos se acostumbran a la muerte y otros a las clases de matemática con miss Karol. Calor no es sol. Quizá me equivoco. Lo que hay es un sol que se acerca en patines a la Tierra, pues no creo que nuestro planeta sea tan estúpido de acercarse a él por lo que el heliocentrismo queda descartado. Los días clarean más tiempos en las ventanas. Los neumáticos besan sudorosos las pistas arrugadas ¡Ay! Las arrugas, las mujeres se maquillan de ellas, los hombres las pasean en los bolsillos. Hay sol, le roba horas a la noche, este solsticio se pasa de sinvergüenza hasta con las orejas, algunos lo llaman efecto invernadero, yo lo llamo con b de bribón y de bomberos, especie utópica para este incendio. Hace tanto calor que prefiero quedarme quieto. Hacerme el muerto sin llegar a acomodarme en ello. Hacer de lluvia –aunque hendió el cielo en lágrimas algún héroe del tiempo-, hacer las paces con mi cuerpo. Rezumo. Ni las más precisas mentiras escaparon con tanta facilidad, poros malditos, la hipocondría se enferma de calor, la coprolalia se ahoga en alguna playa, por poco la diástole se desmaya en fiebre, los termómetros se hicieron un helado de cincuenta céntimos, las balanzas celebran su suerte, el hielo es la peste, el verano, el estío, la resolana, el calor baja con su cuchillo, con su navaja y la linfa se evapora antes de tocar el suelo, y hace tanto sol que me invento un sarpullido y una herida en la frente, y un grano en el alma para que sea molestia y no culpa la que me obliga a quedarme en casa.

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