lunes, 6 de abril de 2009

Faltó color

Revisaba unas fotos por primera vez. Antiguas, grises, jumbos, en ninguna se me ve pero los Valero sí están allí. Mi papá y su familia, es decir mis abuelos y tíos, sonreían, jugaban y muecas, muecas tras muecas cuando eran niños, creaban en mi pecho un hacinamiento de sentimientos tristes sobre sus caritas tarmeñas. Ello ha sido hace un momento, y papá descansa en su cama –a veces me detengo a observar su rostro triste cuando sueña ¿Qué será?- y mamá me pide sacar la basura con esa voz que escucho hasta en sueños o cuando quiero llorar.
Hice lo que tenía que hacer con la basura. Hace más frío en mi pecho que en la calle. Mi garganta pierde profundidad, tengo arcadas. El rol de las fotografías no es rescatar una sonrisa por un domingo que casi acaba sino crear nostalgias y ellas, sólo conducen a un ensimismamiento, un dolor universal que no tiene nada de filántropo. Una fotografía te cuenta lo miserable que es llegar a cierta edad, aquellas en la que le perdiste el respeto a dios, una fotografía en tus manos es un estigma, es un mala pasada, es un mundo al que no puedes regresar.
Es extraño. Al hacer uso eficaz de la razón se tiene presente lo inútil que es vivir en el pasado, pero las sensaciones por lo general dominan el cuerpo de cualquier individuo por lo que sentirse, sea cual sea la sensación, es común hasta para el ego más grande. Papá sonreía y exhibía su rostro nervioso, y aunque mamá diga que no nos parecemos mucho, me da la sensación que podría ser yo sino fuera papá. Él con sus hermanos -con los cuales no llevo una relación de comparitos ni nada de ello- me inspiran ternura, envidia, lo cual es nocivo para mi romanticismo digital. En realidad ¿así vivían? Pues las fotografías mienten con más sutileza que las palabras, me es imposible creer que aquella familia que vive en esas imágenes es la que llegué a frecuentar sin comprender nada más allá de por qué decidieron vivir juntos hasta hoy.
Fotos con bordes de sierra. Algunas unidas con cinta scotch. Amarillas. Empolvadas. Tan vivas que puedo imaginar lo que sucedió después del “Güisqui”. En Tarma no hay cielo, hay un techo celeste. En Tarma correteaban detrás de los cuys. En Tarma el papi Alejandro jugaba fútbol con su camiseta del Municipal. Él ya murió, hace un par de años. La mami Olga igual. Sus hijos que sonreían a veces calatitos en las fotos, hoy trabajan, se hacen viejos como mi papá.
Muchas fotos que me hacen estornudar. Fotos que me atoran el pecho. Fotos que en formato digital no me sorprenderían. Fotos en fin. Hay una en la que papá, imagino con poco más de un año de edad, posa junto al papi Alejandro, mi abuelo. Él inocente, él feliz. Esa voz que me sorprende en sueños me dice que por mucho tiempo la llevó consigo, por ello las líneas que la atraviesan, estrujada, y pienso que nunca en mi bolsillo, nunca la billetera que ya no uso, cargó una foto con ellos, o sea mi pa y mi ma, y esto sólo me produce más arcadas. Hace mucho no reviso mi álbum de fotos.
La vida funciona a un ritmo al que no me puedo acostumbrar. No puedo creer que pronto cumpliré 21 años ni que mis padres se hagan viejos ni que mis hermanos crezcan de una manera que desconozco. Es otra vez extraño. Es aún más raro que las personas me rodeen y que al lado de sus sombras carguen un bolsillo o una billetera llena de historia, creía que sólo era la mía, que si este es mi sueño sólo yo tengo derecho a una, mi historia es la que importa. Qué imbécil soy.
Con adrenalina. Con los dedos un tiempo más gastados después que mis ojos relean estas líneas, me arrepiento de haber ojeado esas fotografías. Sólo me queda el consuelo que hay otro tiempo en el que mi papá aún contempla Tarma con sus ojos de 20 años en el que el papi Alejandro aún carajea y en el que yo no existo. Y vale decir que es la primera vez que hablo de papá y mamá en unas líneas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario