lunes, 16 de febrero de 2009

Redobles por un poema desdentado

Creo en ella. Creo en ella como si la fe hubiera abandonado a dios. Ella es una persona, pero tiene tan poco de persona y tanto de ella que la sueño, y creo en sus ademanes, y a la vez creo en la espontaneidad de sus aleteos, de sus suspiros tácitos que ingresan al viento, se escuchan, los suspiros que esconde, las muertes que atraviesan atléticas frente a su tiempo. Le creo. Creo en sus falsas respuestas que saben a nubes, en sus meses diáfanos, en el polvo que ondula detrás de sus palabras. Ella es tan cierta y tan poco humana que me espanta, tan difícil como una ecuación con media equis, casi persona y tan increíblemente crepuscular. Creo en ella como creo en el hoy y en mi incongruencia tozuda frente a las ciencias exactas y al jabón, mi incongruencia de post-its amarillos y ella en su papel de distancia. Ella es una noche hastiada de estrellas, colmada de una luna serena, de un arco que se entierra delante de mí. Ella es, y creo en ella, tan oveja que trota taciturna por las calles azules, tan oscura y tan brillante como el mar bamboleándose en un sube y baja. Ella es tan tierna y tan poco persona. Ella es tan creíble como la doctrina del ciempiés trotamundo. Ella juega a la vida en un yan-ken-po y me dice tan poco, es como si sus verdades estallaran en su travesía o es que no estoy preparado para ellas, un parvo frente a un diente en el tul de un hada, eso soy, un tronco que se creía un tunante, casi un gnomo, es que a veces no tengo oídos para sus palabras, y siempre ese halo arenoso detrás de ella como una pancarpia retrasada, como una benigna tardanza. Creo en ella hasta crisparme los nervios. Creo en su boca, en sus dedos, en esos vellos que se acomodan en sus brazos como ondas petrificadas, sempiternas, refulgentes, casi persona, casi niña, casi mujer, ella y su después, y su hoy abrazado de sonrisas hasta el cansancio, de melancolías y mermeladas, de aburrimientos y de tostadas, de febreros estancados en el primer vagón de la garganta. A ella le creo, y le invento un poema hético de desesperanza, anormalmente anormal, a ella le escribo cursilerías con el filo de los dedos y con el ventrículo más izquierdo, a ella la quiero, la quiero tanto que me cuesta creerlo, que me satura el frontal en el occipital, que casi me hago acuario, que por poco lloro con un boletito de bus interurbano de testigo sobre el verano. Le creo sus mentiras, sus muertes reiteradas, sus vodeviles trillados, sus anécdotas de ángel descalabrado, a ella la quiero y desmayo en el intento de ello, la quiero y ella no a mí, sobre este cuello lo creo, y ella me quiere, sobre este palo astillado sí, no entiendo y eso que me entrego al raciocinio de arrabal, no entiendo con mis sienes rozando el suelo, no entiendo sus malas palabras, sus verdades se pierden en el pasado. Ella, no la entiendo, por eso es tan poco persona, tan poco humana, casi niña, casi mujer, casi un mal sueño, casi un buen sueño, casi del aliento desesperado, casi de Cortázar, muy lejos de Henry, casi un plañido. Me duele entender que ella juega a la vida como se lo explicó alguna gitana imberbe, pero ella no revisa el tarot, ni las estrellas, a ella le gusta la vida tanto como a mí que pareciera que no le importara tanto como a mí. Ella desnuda el cielo con el breve rumor de las faldas de sus palabras, ella observa como extasiada por una luciérnaga viperina, ella ama tanto que le es imposible darme una respuesta completa, y a ella le creo aunque me diga que no lo haga, a ella la quiero un lunes y un martes y un febrero y un marzo y un 2009 y un toque y por un icono del Messenger y en un redoble por Rancas y en los nueve monstruos y en los hospicios del efe y en una lontananza de trovador mejicano y en un poema desdentado y en este texto que me sabe a pan con pecado.

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